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-Papá, esta noche es el golpe contra vos-, le repitió por enésima vez el coronel Gustavo Stroessner a su padre, el sanguinario dictador Alfredo Stroessner a la media tarde del jueves 2 de febrero de 1989.
-Pero ya volvés otra vez con esa macana. Yo ya hablé con Rodríguez y no hay pues nada que temer-, le replicó a modo de despedida el que gobernaba con manos ensangrentadas el Paraguay desde 1954.
Uno de los pocos que estando en el poder no sabía que estaban a punto de convertir en cenizas sus asi 35 años de reinado del terror era el segundo reconstructor de la República y primero en todo lo demás. Era un secreto a grito pelado que su condición de dictador confiado en su omnipotencia le había impedido creer... por suerte.
Como él, en la calle, muchos tampoco estaban al tanto de que en el oscuro vientre de las armas cargaban balas dispuestas a matar unas horas más adelante. Por eso, con toda tranquilidad, continuaban su rutina de víspera de feriado. Algunos se preparaban para ir a Itá donde en los dos clubes más tradicionales del lugar iban a cantar Luis Miguel y Sergio Denis.
NO ERA UN CUENTO. Había sin embargo personas que le hacían caso al rumor que -dicho sea de paso- no era nuevo. Por eso se abastecían en los supermercados, avisaban a sus amigos y familiares, los devotos prendían velas a sus abogados y tomaban sus precauciones. Parecía que esta vez de verdad la hora "H" y el día "D" estaban agazapados y con ropas de camuflaje a orillas de Asunción.
Lo que solo se sabría después en detalles es que las armas de Caballería -con el general Andrés Rodríguez liderando la conspiración que Stroessner no creía-, Armada, Infantería e incluso una parte de la Aviación hacía rato buscaban el momento propicio para asestar los tiros mortales al tirano del que se habían apoderado desde el 1 de agosto de 1987 los "colorados, militantes stronistas" encabezados por el Cuatrinomio de oro.
MOMENTO CLAVE. La hora marcada era las 03 de la madrugada del 3 de febrero. Hacia ese 33 consensuado confluían los nervios, la ansiedad y los temores de los complotados. Para los nueve Carlos y los cinco Víctor ya no había vuelta atrás posible.
El plan original era desplazarse por la ciudad dormida e interrumpir el sueño del que no dejaba ni bostezar a los opositores.
-Mi general: el número 1 está en lo de Manito Duarte y luego, como a las 8 de la noche, pasará a lo de Ñata Legal-, le informó al general Rodríguez un capitán de su servicio de inteligencia que monitoreaba los teléfonos de los Stroessner Matiauda.
Fue entonces cuando comenzó a resquebrajarse la planificación inicial. Si el objetivo era tomado en la casa de su amante, se escribiría sin mayores sacrificios el final de la historia. Si no, hasta la suerte de los alzados podría estar en peligro.
De manera hasta si se quiere insólita, la difícil misión fue encargada al general Eduardo Allende, comandante del Servicio Agropecuario. Lo acompañaría alguien más afín al combate: el coronel Mauricio Díaz Delmás, del Regimiento de Caballería Nº 4, con un grupo de soldados y sargentos. Uno atacaría por delante y otro por detrás la residencia ubicada sobre la Autopista.